08 Ago Secretos y Maravillas de Lafayette Leake
El pianista Lafayette Leake fue el pilar armónico más enigmático de Chess Records y el verdadero ejecutor de las líneas de piano en himnos universales como “Johnny B. Goode” y “Rock and Roll Music”. A pesar de haber moldeado de forma definitiva la transición musical del blues eléctrico al nacimiento del rock and roll, su nombre permanece sepultado bajo un denso velo de misterio. Introvertido por elección, superdotado musicalmente por naturaleza y dotado de un oído absoluto capaz de replicar estructuras sinfónicas completas en un piano de taberna, Leake prefirió la penumbra del estudio de grabación antes que el destello cegador de los focos.
Para entender la figura de Lafayette Leake, resulta indispensable adentrarse primero en las profundidades de la geografía del sur profundo de los Estados Unidos. Nació el 1 de junio de 1919 en la pequeña efervescencia rural de Winona, Mississippi. No obstante, reconstruir los primeros veinte años de su existencia es un auténtico desafío para los historiadores del blues, incluido yo mismo, puesto que la información sobre su infancia es prácticamente inexistente. En una época en la que la segregación racial y los registros deficientes borraban las huellas de los ciudadanos afroamericanos, Leake creció envuelto en un anonimato absoluto.
Sin embargo, a diferencia de la inmensa mayoría de sus contemporáneos del Delta del Mississippi -que aprendieron a tocar de forma rudimentaria en guitarras de alambre clavadas a la pared o pianos destartalados de iglesias-, Lafayette Leake poseía un trasfondo notablemente distinto: había estudiado piano clásico.
Aunque nunca se llegó a clarificar de forma pública dónde o bajo la tutela de quién adquirió dicha formación, su técnica delataba una disciplina de conservatorio. Sus dedos no solo ejecutaban el característico golpe rítmico del boogie-woogie, sino que poseían una delicadeza armónica y una agilidad dactilar propias de quien ha diseccionado partituras de Chopin, Mendelson o Bach y conste que no lo digo en broma.
Esta dualidad innata -el pulso visceral de la música del sur entrelazado con la sofisticación teórica europea- se convirtió en su arma secreta. Lafayette dominaba el lenguaje formal de la música: sabía leer partituras a la perfección, comprendía la teoría de la escala cromática y, sobre todo, poseía un oído absoluto extraordinario. En sus propias palabras durante escasas entrevistas posteriores, recordaba con humor que su mayor escuela fue sentarse a observar a los músicos de góspel en las iglesias; allí se retó a sí mismo a aprender a ejecutar e improvisar canciones en las 12 tonalidades posibles, una habilidad que pocos pianistas callejeros dominaban.
A finales de la década de 1940, empujado por la Gran Migración de afroamericanos que buscaban empleo y refugio frente al racismo institucionalizado del sur, Leake llegó a Chicago. El panorama musical de la ciudad bullía en el área del South Side, mutando el blues acústico y melancólico del Delta en un estruendo eléctrico y urbano impulsado por amplificadores rudimentarios.
Pronto, el talento versátil de Leake comenzó a llamar la atención en el circuito de clubes nocturnos. Su gran oportunidad se materializó a principios de la década de 1950 gracias a un golpe del destino. El influyente grupo Big Three Trio, liderado por el contrabajista, compositor y visionario Willie Dixon, se encontraba en un momento crítico. El pianista original de la formación, Leonard “Baby Doo” Caston, se vio obligado a abandonar repentinamente la agrupación debido a severos problemas matrimoniales y personales.
Dixon, que buscaba desesperadamente un sustituto que mantuviera el listón técnico de Caston, escuchó tocar a Leake. Quedó atónito. Lafayette no solo igualaba la destreza de Caston, sino que poseía una prodigiosa capacidad para asimilar cualquier estilo musical con tan solo escucharlo una vez. Leake se unió oficialmente al Big Three Trio, iniciando así una de las sociedades creativas más fructíferas, longevas e infravaloradas en la historia del blues moderno.
Cuando Willie Dixon asumió el rol de director artístico, compositor principal, cazatalentos y productor residente para los hermanos Leonard y Phil Chess en el legendario sello Chess Records, se llevó consigo a su mano derecha. De este modo, Lafayette Leake se integró de inmediato en la mítica banda de estudio de la discográfica, un equipo de élite donde figuraban titanes como el propio Dixon en el contrabajo y Fred Below en la batería.
En una oficina y estudio donde las tensiones creativas estallaban a diario entre genios de caracteres volcánicos, Leake era el bálsamo de calma y la eficiencia pura. Mientras otros músicos necesitaban horas para estructurar un compás o dependían exclusivamente de la intuición, Leake operaba como un cirujano musical. Los hermanos Chess sabían que, si una sesión se estancaba armónicamente, la solución era llamar a Lafayette.
Su versatilidad estilística era tan amplia que podía saltar de un género a otro en cuestión de minutos, adaptándose a las personalidades de los líderes de la sesión: Con Howlin’ Wolf: Traducía los lamentos ancestrales, ásperos y salvajes del gigante de Mississippi en densos e hipnóticos acordes de contrapunto que daban una base sólida a la tormenta sonora del Wolf. Con Otis Rush y Buddy Guy: Diseñaba un fraseo afilado, elegante y dramático, ideal para complementar el naciente sonido del West Side de Chicago. Con Sonny Boy Williamson II y Little Walter: Entrelazaba sus cascadas de notas con los fraseos de la armónica, creando un diálogo instrumental fluido y dinámico.
A pesar de su incalculable valor en el estudio, Leake sufría de una timidez crónica o, más bien, de un desinterés absoluto por la fama. Detestaba las sesiones fotográficas, evitaba dar entrevistas y rehuía la idea de grabar álbumes bajo su propio nombre. Se sentía plenamente feliz cobrando sus tarifas de músico de sesión, aportando su genialidad a las pistas de otros y regresando a casa en el más absoluto anonimato.
El capítulo más fascinante, debatido y asombroso de la vida de Lafayette Leake está directamente ligado al nacimiento del Rock and Roll clásico, y de forma muy específica, a la figura de Chuck Berry.
A mediados de la década de 1950, Chuck Berry irrumpió en Chess Records revolucionando el panorama musical con su innovadora mezcla de música country y rhythm and blues. El pianista habitual y colaborador histórico de Berry en sus shows en directo era el sensacional Johnnie Johnson, cuyo estilo de piano basado en el boogie-woogie influyó profundamente en la forma en que Berry componía sus icónicos riffs de guitarra.
Sin embargo, cuando llegó el momento de entrar al estudio para grabar las canciones que redefinirían la cultura popular de Occidente, las cosas tomaron un rumbo inesperado. En varias de las sesiones cruciales de finales de los años 50, Johnnie Johnson no estuvo disponible o, según apuntan diversas fuentes históricas del sello Chess, Leonard Chess prefirió la infalible precisión técnica y la velocidad de lectura de Lafayette Leake para asegurar que los cortes comerciales quedaran registrados de forma perfecta en pocas tomas.
Fue así como Leake se sentó al piano en el segundo álbum de Berry, “One Dozen Berrys” (1958), y posteriormente en el icónico compilatorio “Chuck Berry Is on Top”. La revelación que deja atónitos a miles de melómanos es un hecho histórico incontrastable: Lafayette Leake, y no Johnnie Johnson, es el pianista que ejecuta las veloces e incandescentes líneas de teclado en la grabación original de “Johnny B. Goode” (1958).
De igual manera, su piano rítmico y electrizante impulsa otro de los grandes himnos de la era: “Rock and Roll Music”. La paradoja es monumental: la canción de rock más famosa de todos los tiempos, aquella que fue grabada en un disco de oro a bordo de la sonda espacial Voyager para representar la creatividad humana ante posibles civilizaciones extraterrestres, cuenta con el piano inmortal de un músico al que el gran público jamás llegó a conocer. Lafayette ejecutó esos tres minutos de pura adrenalina con una soltura pasmosa, cobró su paga estándar de músico de sesión y dejó que Chuck Berry se llevara la gloria planetaria.
La vida de Lafayette Leake está repleta de pequeñas joyas anecdóticas que pintan de cuerpo entero su personalidad generosa, pacífica y profundamente artística. Durante un viaje a Toronto, Ontario, Canadá, Leake se topó en la calle con un joven e inexperto músico conocido posteriormente como Harmonica Hinds. Al ver el entusiasmo del muchacho, pero notar sus carencias técnicas, Lafayette no dudó en sentarse con él en plena acera para darle su primera lección formal de armónica, un gesto que Hinds recordaría con profunda gratitud durante toda su carrera profesional.
Debido a descuidos tipográficos constantes por parte del personal de Chess Records o al uso intencionado de seudónimos para evadir contratos exclusivos, el nombre de Lafayette aparece escrito de múltiples formas erróneas en los créditos de los vinilos de la época. Es común encontrarlo acreditado como “Lafayette Leak”, “Lafayette Lake” o incluso bajo el curioso alias de “Ellison Leake”. A él nunca pareció importarle lo más mínimo corregir dichos errores.
En la década de 1960, cuando el blues tradicional comenzó a perder terreno comercial frente al auge del rock psicodélico, Willie Dixon fundó los Chicago Blues All-Stars con el objetivo de preservar y exportar el sonido genuino de Chicago por el mundo. Leake fue reclutado de inmediato como el pianista residente del conjunto, viajando de gira de forma constante por Europa y América hasta mediados de los años 70. Su presencia en el escenario era magnética por su sobriedad: mientras otros gesticulaban o hacían acrobacias, él permanecía con la espalda recta, sombrero elegante y gafas oscuras, dejando que solo sus dedos hablaran.
Hacia finales de la década de 1970 y a lo largo de los años 80, Lafayette Leake se retiró de manera casi total de los estudios de grabación y de los extenuantes circuitos de giras internacionales. Decidió recluirse en su hogar en Chicago, cansado del ajetreo de la industria de la música y aquejado por problemas de salud derivados de una diabetes crónica avanzada.
A pesar de su aislamiento voluntario, su inmenso respeto entre la comunidad musical se mantuvo intacto. En 1986, el mismísimo Chuck Berry le exigió explícitamente que saliera de su retiro para acompañarlo en el piano durante su estelar presentación en el Chicago Blues Festival, regalando a los asistentes una última y nostálgica demostración de la química musical que había engendrado el rock and roll casi tres décadas atrás. Dos años más tarde, en 1988, su eterno compañero de batallas Willie Dixon lo convocó para grabar el tema “Hidden Charms” en el que sería uno de los últimos proyectos discográficos de ambos.
Trágicamente, el desenlace de la vida de este titán de la música estuvo marcado por la misma soledad y silencio que él tanto cultivó en vida. En los primeros días de agosto de 1990, Lafayette Leake sufrió un severo coma diabético estando completamente solo en su casa de Chicago. Debido a su estilo de vida tan reservado y a que no solía recibir visitas frecuentes, el músico permaneció tendido en el suelo de su vivienda, inconsciente y sin ser descubierto, durante varios días.
Cuando finalmente fue hallado por conocidos y trasladado de urgencia a un centro hospitalario, el daño sistémico era ya irreversible. Lafayette Leake falleció el 14 de agosto de 1990, a la edad de 71 años.
Durante veinticinco años tras su muerte, el cuerpo de Lafayette Leake descansó en una tumba anónima, desprovista de lápida, en el Lincoln Cemetery de Blue Island, Illinois. Era el reflejo definitivo de un artista olvidado por las masas a pesar de que millones de personas tarareaban sus notas diariamente en las estaciones de radio de clásicos del rock.
Afortunadamente, la justicia histórica de la música siempre halla un camino para manifestarse. En el año 2015, la organización sin fines de lucro Killer Blues Headstone Project localizó el sitio exacto de su sepultura y, mediante donaciones de músicos y aficionados del blues de todo el mundo, instaló una hermosa y digna lápida conmemorativa en su honor. Hoy en día, el nombre de Lafayette Leake está finalmente grabado en piedra, recordándole a todo aquel que visite el lugar que allí descansa el hombre misterioso que, desde la discreción de su banqueta de piano, le obsequió al mundo el ritmo eterno de la inmortalidad.
Vicente Zúmel