Montana Taylor

Montana Taylor: Entre el lejano oeste y la avenida de Indiana

Arthur “Montana” Taylor es uno de los mitos más fascinantes, enigmáticos y técnicamente prodigiosos de la historia del barrelhouse y el boogie-woogie. Su vida es un relato de genialidad intermitente, desapariciones inexplicables y misterios sin resolver que cautivaron a los primeros arqueólogos del jazz y el blues. Con una técnica que mezclaba una fuerza rítmica demoledora con una inesperada dulzura melódica, su legado influyó a generaciones enteras, llegando a ser citado por el mismísimo Bill Wyman de The Rolling Stones como una razón fundamental para convertirse en músico, ahí es nada (yo es que tengo debilidad por Bill Wyman, siempre me cayó muy bien)

Los detalles sobre los primeros años de Arthur Taylor son tan difusos que incluso su lugar de nacimiento sigue siendo objeto de debate entre los historiadores. Algunas fuentes apuntan a que nació en Indianapolis en 1903, pero las investigaciones biográficas más profundas revelan que vio la luz en Butte, Montana, un rudo asentamiento minero donde su padre gestionaba un club nocturno.

Poco después de su nacimiento, la familia se trasladó a Chicago y, hacia 1910, se asentó definitivamente en Indianápolis. A pesar de pasar casi toda su juventud en el Medio Oeste estadounidense, el pianista cargó toda su vida con el apodo de “Montana” como un homenaje a sus raíces norteñas. Curiosamente, la crítica musical solía bromear diciendo que su alias buscaba equilibrar la enorme altitud geográfica del estado de Montana con la profunda y baja actitud de su música de suburbio.

Montana Taylor no tuvo una educación musical formal. Empezó a aporrear las teclas de forma autodidacta a los 16 años en Indianápolis. A los 20 ya se había convertido en un habitual de la vibrante escena de Indiana Avenue, el epicentro de la cultura afroamericana de la ciudad.

Allí se curtió tocando en locales legendarios de mala muerte como el Golden West Cafe y el Hole in the Wall, además de las famosas rent parties (fiestas en casas particulares donde se cobraba entrada para pagar el alquiler). Su estilo evolucionó hacia el barrelhouse piano, una variante del blues caracterizada por líneas de bajo percusivas y potentes interpretadas con la mano izquierda, diseñadas para escucharse por encima del griterío de los bares llenos de trabajadores.

La suerte pareció llamar a su puerta en 1929. Un cazatalentos de la discográfica Vocalion Records llamado John Guernsey lo escuchó tocar en una taberna local de Indianápolis y quedó tan impactada que lo llevó de inmediato a Chicago para grabar. De aquella mítica sesión salieron verdaderas obras de arte del piano blues: “Indiana Avenue Stomp”: Un despliegue técnico descomunal dedicado a la calle que lo vio crecer. “Detroit Rocks”: Una pieza de boogie-woogie perfecta con un tempo implacable.

No todo fue perfecto en su debut. Los ejecutivos de Vocalion obligaron a Taylor a grabar dos pistas (“Whoop and Holler Stomp” y “Hayride Stomp”) junto a un grupo vocal cómico llamado los Jazoo Boys. La falta de talento de los cantantes convirtió la grabación en un caos acústico desolador. Aunque Taylor hizo todo lo posible con sus dedos para salvar los temas dotándolos de un ritmo vigoroso, la sesión dejó un sabor agridulce en el pianista.

Una de las anécdotas más extrañas y hermosas de la crítica musical clásica sobre Montana Taylor proviene del análisis de sus solos de 1929. Varios musicólogos destacaron que, bajo la percusión salvaje de su mano izquierda, su mano derecha ejecutaba frases de una dulzura armónica tan refinada que algunos fragmentos recordaban directamente a los movimientos de la Sonata Claro de Luna de Beethoven. Era un contraste lírico inaudito para un pianista de taberna.

Tras registrar apenas un puñado de temas como solista y acompañar a la cantante Lil Johnson, Montana Taylor desapareció por completo del mapa musical a finales de 1929. Devastado por la Gran Depresión y profundamente desanimado al descubrir que las discográficas no le pagaban ni un solo centavo de royalties por los derechos de sus canciones, decidió cerrar la tapa del piano.

Durante casi dos décadas, el mundo del jazz dio a Montana Taylor por muerto o retirado. Mientras sus discos originales de 78 RPM eran pirateados y reeditados de forma ilegal en antologías de Francia, Austria y Japón sin que él lo supiera, Arthur Taylor se mudó a Cleveland, Ohio, ganándose la vida completamente alejado de los escenarios.

En 1946, el célebre historiador y productor de jazz Rudi Blesh se propuso la misión casi imposible de rastrear el paradero de aquel genio olvidado. Para sorpresa de todos, lo encontró viviendo en un barrio humilde de Cleveland. Hacía años que Taylor apenas tocaba el piano, pero Blesh lo convenció para volver a un estudio de grabación bajo el sello Circle Records.

El regreso fue un milagro musical: el largo hiato no había mermado en absoluto sus capacidades técnicas. Además, Taylor debutó formalmente como cantante, mostrando una voz desgarradora en temas sobrecogedores como “I Can’t Sleep” y “Rotten Break Blues”. Durante este glorioso retorno, también grabó sesiones legendarias como acompañante de la mítica diva del blues Bertha “Chippie” Hill.

La segunda oportunidad de Taylor con la fama duró un suspiro. Tras una última aparición registrada en una transmisión de radio a finales de 1946, la industria musical volvió a perderle la pista. Se reportó que Arthur Taylor regresó a Cleveland para trabajar a tiempo completo como chófer privado, abandonando definitivamente los teclados.

Incluso su muerte está envuelta en el misterio. Durante décadas, enciclopedias y páginas de música afirmaron erróneamente que falleció en 1954. Sin embargo, investigaciones posteriores en los archivos estatales revelaron que estuvo registrado en el directorio municipal de Cleveland hasta 1957. En 1958, la zona residencial donde habitaba fue demolida por completo para proyectos urbanísticos y su nombre se borró para siempre de los registros públicos. Se cree que falleció poco después, dejando tras de sí uno de los legados más puros, breves y misteriosos del blues americano.

Vicente Zúmel



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