05 Jun Lovie Austin, la madrina de la Paramount
Cora Taylor, más tarde Cora Calhoun, pero conocida artísticamente como Lovie Austin, fue una de las pioneras más influyentes del jazz y el blues clásico. Nacida el 19 de septiembre de 1887 en Chattanooga, Tennessee, se consolidó como pianista, compositora, arreglista y directora de orquesta en la vibrante escena musical del Chicago de los años veinte. Su formación académica, combinada con su talento para el arreglo y la dirección musical, desafió las barreras de género y raciales de su época. A continuación, voy a intentar presentar un extenso análisis biográfico y profesional estructurado detalladamente para cubrir con la máxima densidad informativa la vida y el legado de esta figura fundamental de la historia de la música afroamericana.
Cora Calhoun creció en el seno de una familia numerosa del sur de los Estados Unidos junto a ocho hermanos. Su padre, conocido como el profesor Calhoun, ejercía como músico y profesor, lo que le proporcionó un entorno temprano de estímulo artístico. Su abuela la apodaba cariñosamente “Lovie”, nombre que adoptaría definitivamente para su carrera profesional junto al apellido de su segundo esposo, el artista de variedades Phillip Austin.
A diferencia de la gran mayoría de los músicos de jazz y blues de principios del siglo XX, que aprendían de forma autodidacta o mediante la tradición oral, Austin recibió una educación musical formal de élite.
Estudió teoría musical y piano clásico en la Universidad Roger Williams en Nashville. Tras el incendio que destruyó dicha institución, completó sus estudios superiores en el Knoxville College. Esta sólida base técnica en lectura de partituras, armonía y arreglos se convirtió en su mayor ventaja competitiva en los fosos de orquesta y los estudios de grabación. A pesar de estar calificada para ejercer como profesora de música en escuelas segregadas, Austin se sintió atraída por el mundo del espectáculo popular y las variedades. Hacia 1912 se integró plenamente al circuito de la Theater Owners’ Booking Association (T.O.B.A.), una red de teatros que contrataba a artistas afroamericanos para audiencias negras en pleno régimen de segregación.
Durante esta etapa itinerante, Austin perfeccionó el arte del acompañamiento en vivo y la dirección escénica. Actuó en espectáculos de variedades junto a su esposo en el dúo Austin and Delaney y dirigió revistas musicales itinerantes como The Sunflower Girls y Lovie Austin’s Revue. Esta última llegó a realizar una exitosa temporada en el célebre Club Alabam de Nueva York. No obstante, las agotadoras giras, las precarias condiciones laborales y la discriminación sistémica del circuito la impulsaron a buscar una residencia fija.

En 1923, huyendo de las duras condiciones de las giras, Austin se estableció de manera definitiva en el South Side de Chicago. En ese momento, la ciudad era el epicentro de la Gran Migración Afroamericana y un hervidero de creatividad musical alimentado por la llegada de figuras clave del jazz de Nueva Orleans y pianistas Clave del Chicago de los 1920s como Lovie Austin, Lil Hardin Armstrong y Earl ‘Fatha’ Hinnes (este último innovador del piano moderno)
En la competitiva escena de Chicago, Austin se posicionó rápidamente como una de las pianistas y arreglistas más solicitadas. Fundó su propia agrupación de estudio, Lovie Austin and Her Blues Serenaders, que se convirtió en una de las bandas de grabación más importantes de la década. Por los Blues Serenaders pasaron músicos que definirían el sonido del jazz tradicional y el estilo “Hot”: Tommy Ladnier y Natty Dominique en la corneta y trompeta. Kid Ory y Albert Wynn en el trombón y Johnny Dodds y Jimmy O’Bryant en el clarinete.
La maestría de Austin residía en su enfoque de conjunto: no buscaba el lucimiento personal a través de extensos solos de piano, sino la creación de un soporte rítmico y armónico impecable que permitiera el lucimiento de los vientos y de las cantantes.
El productor Mayo Williams reconoció de inmediato el valor de la formación académica de Austin y la contrató como pianista de la casa y directora musical para el sello Paramount Records. En este rol, la labor de Austin iba mucho más allá de tocar el piano: actuaba como “cazatalentos”, transcribía las melodías improvisadas que las cantantes tarareaban, creaba las partituras para la banda y conducía las sesiones de grabación en el estudio.
Bajo su batuta y acompañamiento al piano se grabaron algunas de las páginas más doradas del blues clásico. Su firma quedó estampada en registros históricos de las máximas divas de la época:
Ma Rainey: Acompañada por Austin en sus primeras ocho grabaciones históricas, incluyendo temas memorables como “Moonshine Blues”.
Ida Cox: Con quien colaboró estrechamente en clásicos de la crudeza urbana como “Wild Women Don’t Have the Blues” y “Graveyard Dream Blues”.
Alberta Hunter: Coautora e intérprete de múltiples sesiones bajo la dirección de la pianista.
Ethel Waters: quien se apoyó en el piano de Austin para la grabación de “Craving Blues”.
Además de su faceta como arreglista, Austin fue una prolífica compositora. Su obra musical capturaba perfectamente las melancolías y las realidades cotidianas de la población afroamericana urbana de entreguerras. Su mayor hito financiero y artístico llegó con la composición de “Down Hearted Blues”, tema que coescribió junto a Alberta Hunter.
En 1923, la mítica cantante Bessie Smith grabó una versión de “Down Hearted Blues” para el sello Columbia Records. La grabación se convirtió en un éxito colosal sin precedentes dentro de los llamados “race records” (registros de música afroamericana), vendiendo la extraordinaria cifra de 780,000 copias en apenas seis meses. Aunque la industria discográfica de la época solía privar a los autores negros de sus regalías legítimas -problema que Austin denunciaría públicamente años más tarde tras el cierre de Paramount-, la pieza quedó grabada en el canon musical de los Estados Unidos como uno de los pilares del blues definitivo. Otras de sus composiciones notables de este período incluyen “Graveyard Blues”, “Bleeding Hearted Blues”, “Chicago Bound Blues”, “Steppin’ On The Blues” y “Galion Stomp”.
A comienzos de la década de 1930, la confluencia de la Gran Depresión económica y el cambio de los gustos musicales hacia las grandes orquestas de Swing provocaron el declive del blues clásico. Las ventas globales de discos se desplomaron drásticamente y sellos fundamentales como Paramount cerraron definitivamente sus puertas a mediados de la década.
Ante este adverso panorama, Austin demostró una notable capacidad de adaptación profesional. Se refugió en la música en vivo y asumió el cargo de directora musical y directora de orquesta del Monogram Theater, ubicado en el 3453 de South State Street en Chicago. Permaneció en este puesto de manera ininterrumpida durante veinte años. El Monogram era una parada obligatoria para todos los artistas itinerantes del circuito T.O.B.A., un espacio vibrante pero duro que la propia Ethel Waters llegó a describir críticamente como un lugar de condiciones extremas y extenuantes.
Durante estas dos décadas, Austin comandó la orquesta desde el foso con una autoridad indiscutible. Su imagen se convirtió en una leyenda local en el South Side: una mujer menuda dirigiendo un conjunto instrumental netamente masculino, combinando una estricta disciplina técnica con un estilo de vida sumamente moderno. Se la veía conduciendo por Chicago un lujoso automóvil Stutz Bearcat tapizado con piel de leopardo y vestida siempre con una elegancia deslumbrante.
La Segunda Guerra Mundial forzó un nuevo giro en su vida. Debido a las restricciones económicas y al cierre temporal de espectáculos en los teatros, Austin se apartó de los escenarios musicales y contribuyó al esfuerzo bélico trabajando como inspectora de seguridad en una planta de defensa industrial.

Terminado el conflicto internacional, regresó al piano en Chicago, pero esta vez con un perfil mucho más bajo. Fue contratada como pianista residente de la Escuela de Danza de Jimmy Payne, ubicada en los Penthouse Studios. Durante finales de los años cuarenta y toda la década de los cincuenta, la que fuera la directora de orquesta más respetada de Paramount se dedicó a acompañar las clases de baile de niños y jóvenes bailarines locales.
Sin embargo, el destino le reservaba un último acto de reconocimiento histórico gracias al revival del Jazz Tradicional. Hacia finales de la década de 1950, surgió en Europa y Estados Unidos un profundo interés académico e historiográfico por rescatar las raíces y a los pioneros del jazz primigenio y el blues clásico. En 1961 el sello discográfico Riverside Records localizó a Austin en Chicago para su ambiciosa serie documental de grabaciones titulada “Living Legends”.
A la edad de 74 años, Lovie Austin volvió a reunir a sus Blues Serenaders y se reencontró en el estudio con su antigua colaboradora Alberta Hunter. El álbum resultante, Chicago: The Living Legends, capturó la vigencia absoluta, la fuerza técnica y la autenticidad expresiva que Austin aún conservaba al teclado.
Lovie Austin falleció en Chicago el 10 de julio de 1972 a los 84 años de edad, siendo sepultada en el cementerio Mount Glenwood Memory Gardens. Su impacto en el desarrollo del jazz va mucho más allá de los registros discográficos que dejó grabados. Austin operó en una época donde las mujeres en el jazz estaban relegadas casi exclusivamente al rol de cantantes o coristas decorativas. Al asumir roles de compositora, arreglista, directora de orquesta y ejecutiva de estudio de grabación, abrió un camino fundamental para las siguientes generaciones de instrumentistas.
Lovie Austin y su orquesta acompañando a Alberta Hunter
Su influencia más directa y documentada se refleja en la figura de Mary Lou Williams, una de las pianistas y arreglistas más complejas e importantes de la era del Swing y el Bebop. Williams declaró públicamente en repetidas ocasiones que Lovie Austin había sido su máxima inspiración musical. En una famosa semblanza de 1977, Williams rememoró el impacto imborrable de ver a Austin trabajar cuando ella era apenas una niña en un teatro de Pittsburgh:
“Recuerdo ver a esta gran mujer sentada en el foso del teatro, dirigiendo a un grupo de cinco o seis hombres. Tenía las piernas cruzadas, un cigarrillo en la boca, y conducía el espectáculo de manera impecable con la mano izquierda mientras escribía y corregía los arreglos musicales de la siguiente escena con la mano derecha”.
Esa estampa resume perfectamente el genio de Lovie Austin: una simbiosis perfecta de versatilidad técnica, autoridad ejecutiva y una audacia artística inquebrantable que ayudó a moldear los cimientos de la música popular norteamericana
Vicente Zúmel